preloader

Apasionados por la creatividad y la imaginación, trabajamos cada día para brindar un espacio donde los autores puedan compartir sus historias y los lectores descubrir mundos únicos. Desde relatos cortos hasta sagas completas, cada historia refleja talento, esfuerzo y la pasión por contar y vivir nuevas aventuras literarias.

thumb
Nuevo Rumbo

Capítulo 1 : Un Encuentro en el Bosque

1 1

El bosque susurraba con el crujir de la hojarasca bajo los pasos silenciosos de Levon. Los árboles, altos y nudosos, eran testigos mudos de su existencia solitaria, una vida tejida con los hilos de la supervivencia. Durante mucho tiempo, la fauna había sido su única compañía: liebres que cazaba con trampas improvisadas, aves que derribaba con una lanza hecha de madera. Su cuerpo, curtido por el hambre y el frío, se había transformado en una máquina de instinto, un espectro entre las sombras, un guerrero reducido a bestia. Las cicatrices que surcaban su piel —líneas blancas y rugosas como ríos secos— contaban historias que él prefería olvidar, relatos de batallas y pérdidas que lo habían llevado a ese exilio voluntario. El viento traía el aroma de la tierra húmeda y el canto lejano de un búho, pero algo en el aire había cambiado. Su soledad, tan cuidadosamente construida, estaba a punto de romperse.

Desde lo alto de una rama, oculta entre el follaje, una figura lo observaba. Astrid, una joven con cabello blanco como la nieve, aferraba con dedos temblorosos la corteza del árbol. Sus ojos celestes que parecía reflejar la luz de la luna incluso en pleno día, estudiaban al extraño con una mezcla de curiosidad y recelo. Había hecho de ese bosque su refugio, su territorio, desde que la invasión de Alcania arrasó su aldea y la dejó sola. Levon, con su andar pausado y su torso desnudo cubierto de marcas, no le parecía un simple vagabundo. Había algo en él —una calma peligrosa, una presencia que pesaba en el aire— que la ponía en guardia. Él no la miró directamente, pero Astrid sintió un escalofrío: sabía que él la había percibido, como si su mera existencia resonara en el viento.

Esa noche, mientras Levon dormía junto a los restos de una fogata, Astrid se decidió. El hambre era una garra que le retorcía las entrañas, y el aroma de la carne de conejo que él había asado era una tentación imposible de ignorar. Con pasos sigilosos, avanzó entre las sombras, su respiración contenida mientras se acercaba al hatillo de provisiones. Sus manos, delgadas y marcadas por cortes antiguos, temblaron al tomar un trozo de carne. Creyó haber sido invisible, un fantasma en la noche, pero los ojos entrecerrados de Joslav la siguieron en silencio. No se movió, no la persiguió. En su mente, una chispa de curiosidad se encendió: ¿Quién era esa muchacha que robaba con tanta desesperación? Decidió dejarla ir, un acto de clemencia que él mismo no entendió del todo, pero que marcó el inicio de algo nuevo.

A la mañana siguiente, mientras el sol apenas despuntaba entre las copas de los árboles, Levon caminaba de nuevo por el bosque, su lanza en mano. El aire estaba fresco, cargado del aroma de la resina y la tierra mojada. Entonces, con una voz firme que rompió el silencio, llamó a la joven.

—No te haré nada por la carne robada —dijo, deteniéndose junto a un arroyo. Sus palabras resonaron entre los árboles—. Sal de tu escondite.

Astrid, agazapada tras un arbusto, sintió que el corazón le daba un vuelco. ¿Cómo lo sabía? Dudó, pero la despreocupación en su tono la desarmó por un instante. Lentamente, emergió de las sombras, sus pasos cautelosos, sus ojos recorriendo las cicatrices que adornaban el torso desnudo de Levon. No era un vagabundo cualquiera; esas marcas hablaban de guerra, de dolor, de una vida que ella apenas podía imaginar.

Levon apoyó la lanza contra un árbol y cruzó los brazos, su mirada fija en la figura cautelosa frente a él.

—¿Cuál es tu nombre? —preguntó, su voz firme pero sin hostilidad.

—Astrid —respondió ella, su tono seco y cortante. Mantuvo la distancia, sus manos cerrándose en puños, los músculos tensos como si estuviera lista para huir en cualquier momento.

Levon la observó en silencio por un instante, notando la delgadez de sus brazos, las ojeras que sombreaban sus ojos celestes, el brillo desafiante que no podía ocultar su agotamiento. Era evidente que el hambre la había empujado a actuar, y él no necesitaba preguntar lo obvio. En lugar de eso, inclinó la cabeza ligeramente, estudiándola con una mezcla de curiosidad y calma.

—¿Cuánto tiempo llevas sola? —dijo, su voz más baja, como si intentara medir la profundidad de su resistencia.

Astrid apretó los labios, su mirada endureciéndose. Por un segundo, pareció que no respondería, pero luego las palabras salieron con un filo de amargura.

—Demasiado —espetó, su voz temblando de rabia contenida—. Desde que lo perdí todo. No es que te importe.

Levon arqueó una ceja, pero no se inmutó ante su hostilidad. Se agachó junto al arroyo, sumergiendo las manos en el agua fría, dejando que el sonido del corriente llenara el silencio por un momento. Luego, alzando la vista hacia ella, habló con un tono más suave, casi reflexivo.

—¿Te gustaría aprender a cazar? —preguntó, sus palabras una oferta inesperada que colgaba en el aire entre ellos.

Astrid lo miró con incredulidad, una risa amarga escapando de sus labios.

—¿Por qué me haces tantas preguntas? —replicó, dando un paso atrás—. ¿Acaso quieres enseñarme a cazar? ¿Tienes necesidad de compañía? No puedo confiar en un vagabundo como tú.

Antes de que él pudiera responder, ella giró sobre sus talones y se alejó, desapareciendo entre los árboles. Levon la vio partir, una sonrisa apenas perceptible curvando sus labios.

—Tú también eres una vagabunda —murmuró para sí mismo, sacudiendo la cabeza. No la siguió. Sabía que volvería.

Al día siguiente, mientras el sol alcanzaba su cenit, Levon cazó un ciervo con un movimiento preciso de su lanza. La sangre salpicó la hierba, y el animal cayó con un gemido sordo. Entonces, alzando la voz, gritó hacia las sombras:

—¿Quieres aprender a hacer eso?

Astrid, oculta tras un roble, se sobresaltó. Sus manos apretaron la corteza hasta que los nudillos se le pusieron blancos.

—¿Cómo sabías que estaba aquí? —gritó, emergiendo con el ceño fruncido, su cabello blanco ondeando con la brisa.

—Puedo sentir tu aura —respondió Levon, limpiando la lanza con un trapo—. La de cualquier ser vivo. Es como un latido en el aire.

Astrid lo miró con escepticismo, cruzando los brazos.

—Estás loco —dijo, pero no se alejó esta vez. Había algo en su calma, en la seguridad de sus movimientos, que la intrigaba.

Los días siguientes fueron un juego de acercamientos y distancias. Astrid rondaba a Levon como un lobo desconfiado, observándolo mientras cazaba, mientras tallaba madera, mientras encendía hogueras al anochecer. Él no la presionaba, pero tampoco la ignoraba. Una noche, mientras compartían un trozo de venado asado junto al fuego, la conversación fluyó por primera vez. Las llamas crepitaban, proyectando sombras danzantes sobre sus rostros.

—¿Por qué estás sola? —preguntó Levon, arrancando un pedazo de carne con los dedos.

Astrid bajó la mirada, el crepitar del fuego llenando el silencio. Cuando habló, su voz era un susurro roto.

Alcania —dijo, como si el nombre fuera un veneno—. Invadieron mi aldea, Helmora. Quemaron todo. Mi familia, mis amigos… todos murieron. Yo escapé, pero no fui lo bastante fuerte para salvarlos. Desde entonces, he estado robando, escondiéndome, sobreviviendo como puedo.

Levon la escuchó sin interrumpir, sus ojos fijos en las llamas. Las palabras de Astrid despertaron ecos en su propia memoria, pero mantuvo el rostro impasible.

—¿Y tú? —preguntó ella, alzando la vista con un brillo desafiante—. Esas cicatrices no son de un cazador cualquiera. ¿Qué haces aquí, escondiéndote como yo?

Levon dudó, su mano deteniéndose a medio camino hacia la carne. Finalmente, suspiró.

—Fui un guerrero —admitió, su voz grave—. Luché en guerras que no entendía, perdí todo lo que me importaba. Hace mucho, bebí el agua de la inmortalidad… un error que no puedo deshacer. Ahora, solo intento seguir adelante, aunque el sufrimiento no me deje.

Astrid lo miró con los ojos muy abiertos, como si no hubiera escuchado bien.

—¿Inmortalidad? —repitió en un susurro incrédulo, sus cejas fruncidas, su voz cargada de duda—. Eso… eso no es posible.

Levon sostuvo su mirada sin apartarse, serio, como si no necesitara convencerla con palabras.

Astrid negó con la cabeza, una risa nerviosa escapando de sus labios.

—¿Esperas que crea algo así? —dijo, aunque en su interior una parte de ella temblaba, porque las cicatrices en su piel, la calma en sus palabras y el peso de su mirada parecían demasiado reales para ser solo una mentira.

El silencio se extendió entre ellos, pesado pero no incómodo, y Astrid, pese a su incredulidad, no pudo apartar la vista de él.

Pasaron más noches junto a la hoguera, y la desconfianza de Astrid comenzó a desvanecerse como niebla al amanecer. Una de esas noches, mientras las estrellas titilaban sobre el dosel de los árboles, ella rompió el silencio con una petición que temblaba de emoción.

—Entréname —dijo, su voz firme pero cargada de anhelo—. Quiero que me enseñes a luchar.

Levon la miró, sorprendido por la intensidad en sus ojos.

—¿Por qué quieres entrenar? —preguntó, inclinándose hacia ella—. ¿Qué buscas con eso?

Astrid apretó los puños, su rostro transformándose en una máscara de ira y dolor.

—Quiero ser fuerte —respondió, su voz quebrándose—. La fuerza lo es todo. Si hubiera sido más fuerte, más rápida, más valiente… quizás no hubiera perdido a mis seres queridos. No quiero volver a ser débil, Levon. Nunca más.

Sus palabras golpearon a Levon como un eco de su propio pasado. Vio en ella la misma desesperación que una vez lo había consumido, el mismo fuego que lo había llevado a la guerra y a la inmortalidad. Por un momento, sus ojos se encontraron, y él sintió algo que no había sentido en años: un propósito.

—Está bien —dijo finalmente, su voz suave pero decidida—. Te entrenaré. Pero solo con una condición: que lo hagas para sobrevivir y defenderte, no para destruir a otros o a ti misma.

Astrid asintió, una chispa de esperanza encendiendo su mirada. En ese momento, entre las sombras del bosque y el calor de la hoguera, nació un pacto silencioso, un vínculo que cambiaría sus vidas para siempre.

Cicatrices de Guerra

¿Qué te pareció el capítulo?

Me gusta