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Capítulo 2 : Tus ojos no son una maldicion...

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Capítulo 2 — Lunas en sus ojos


La mañana había comenzado como tantas otras en la pequeña casa de los Nakamura. El sol entraba débilmente por la ventana de papel, pintando de dorado el tatami, y los gorriones gorjeaban en la rama más cercana del cerezo. Haru, con apenas siete años, se desperezó de golpe, todavía con el cabello despeinado en mechones rebeldes.


—¡Ya, ya amaneció! —exclamó, saltando del futón y corriendo hacia donde dormía More.


Ella aún descansaba, con su rostro tranquilo y los párpados cerrados, mientras su largo cabello blanco se esparcía sobre la almohada como un río de plata. Haru se inclinó sobre ella y la movió suavemente por el hombro.


—¡More, despierta! Hoy vamos a desayunar juntos, ¿sí?


La niña apenas murmuró algo soñoliento, y en su intento de levantarse, tropezó con la manta enredada en sus pies. Haru, rápido, la sujetó de las manitas antes de que pudiera caer de bruces.


—¡Oye! Tienes que tener cuidado, tontita —dijo, con un puchero que trataba de sonar enojado, pero su voz temblaba entre preocupación y ternura.


—Lo siento… —susurró More, apretando los labios. Estiró sus manos quemaditas de un accidente anterior en la cocina, aún sensibles, y bajó la cabeza—. Mis ojos no sirven… siempre me hacen chocar… son una maldición…


Al decirlo, su vocecita tembló, y Haru sintió un nudo en la garganta.


—¡No digas eso! —soltó de golpe, casi como un berrinche. La abrazó con fuerza torpe, como si sus brazos de niño pudieran protegerla de todo—. No son una maldición… cada vez que los abres, parecen… parecen dos lunas preciosas.


More parpadeó confundida, tocando con la yema de sus dedos los bordes de los ojos que nunca habían visto el mundo, pero que brillaban en un blanco cristalino bajo la luz del sol.


—¿Lunas…?


Haru asintió enérgico, con sus mejillas enrojecidas.


—¡Sí! Como las lunas que dibuja mamá en los cuentos. Son bonitas, y… y yo voy a cuidarlas. Voy a cuidarte siempre, More.


Ella no pudo evitar sonreír un poco, aunque sus ojos se humedecieron. Se aferró a él, pequeña como era, y apoyó la frente en su pecho infantil.


—Gracias, Haru…


Él sonrió, sin entender del todo el peso de lo que decía, pero feliz porque había hecho que dejara de estar triste. Luego, como si nada hubiera pasado, dio un pequeño salto hacia atrás y agitó sus brazos.


—¡Vamos! ¡Que si nos tardamos, mamá se come el pan de leche antes que yo!


More soltó una risita tímida, y Haru, decidido, tomó su mano con fuerza, guiándola hasta la cocina. Su manito la sostenía como si temiera que un simple soplo de viento pudiera apartarlos.


Ese día, More volvió a abrir sus ojos sin llamarlos maldición. Y Haru, con apenas siete años, no lo sabía… pero ya empezaba a convertirse en el escudo más fuerte que tendría ella en su vida.

Esas Lunas de tus ojos

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